El Alma de Lima: Entre el Barroco Inquebrantable y el Eco de los Clarines en Acho

Para los viajeros de la capital antioqueña, recorrer América Latina es descubrir que el fervor y la historia se esculpen con los mismos cinceles de la resistencia. Al igual que nuestra amada Medellín vibra con el orgullo de sus flores y la transformación de sus barrios, la ciudad de Lima, la vieja capital virreinal del Perú, custodia dos joyas culturales que detienen el tiempo y convocan multitudes: la histórica Plaza de Toros de Acho y la imponente festividad del Señor de los Milagros.

Dos manifestaciones distintas, pero unidas por un cordón umbilical de tradición, mestizaje y fe que ningún visitante de nuestra región debería perderse.

Plaza de Acho: Dos Siglos y Medio de Piedra, Ruedo y Memoria

Para entender el corazón del distrito limeño del Rímac, el viajero paisa debe cruzar el río y despojarse de los rascacielos modernos. Allí, erguida como la tercera plaza de toros más antigua del mundo y la de mayor longevidad en toda América, se alza la Plaza de Toros de Acho. Inaugurada formalmente el 30 de enero de 1766 bajo el mandato del célebre virrey Manuel de Amat y Junyent, Acho es mucho más que un redondel taurino; es un monumento nacional y parte del patrimonio mundial de la UNESCO que narra la transición de una colonia opulenta a una república vibrante.

Su nombre, según los cronistas de la Beneficencia de Lima, proviene del término “hacho”, una palabra utilizada en el pasado para describir los sitios elevados desde donde se divisaba el mar y el puerto del Callao. A los pies del emblemático cerro San Cristóbal, el coso comenzó su vida como una estructura de adobes, madera de mangle y arquerías neoclásicas, financiada originalmente por el empresario Agustín de Landaburu. Por su arena corrieron los toros más bravos del virreinato, aplaudidos por una sociedad que hizo de la fiesta brava su principal espacio de socialización.

Acho se transformó radicalmente en 1944.

El ingeniero Francisco Graña Garland lideró una remodelación monumental que redujo el diámetro de su gigantesco ruedo original y expandió su capacidad de 7,000 a 14,000 espectadores, dándole la fisonomía que conserva hoy en día. En la actualidad el gerente de Producciones La Esperanza, Tito Fernández, suscribió, con la Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana (SBLM), el contrato de arrendamiento de la Plaza de Toros de Acho para los próximos tres años. A través de ese compromiso contractual se ha hecho responsable de la organización de las tres próximas Ferias Taurinas del Señor de los Milagros

Por los portales de Acho han caminado figuras mitológicas del toreo mundial como Manolete, la legendaria Conchita Cintrón y el actual fenómeno peruano Andrés Roca Rey. Sin embargo, el verdadero valor de Acho radica en su resiliencia urbana. Más allá del debate contemporáneo sobre la tauromaquia, el edificio ha funcionado históricamente como un motor de ayuda social. Administrado por la Sociedad de Beneficencia, los ingresos de sus eventos financiaron hospitales públicos y orfanatos durante siglos. Incluso en la historia reciente, durante la crisis sanitaria de 2020, el viejo redondel abrió sus puertas transformado en “La Casa de Todos”, un refugio temporal humanitario para ciudadanos en situación de abandono.

Visitar Acho es palpar la historia viva de Lima a través de sus texturas coloniales y su innegable vocación solidaria.

II. El “Mes Morado”:

La Devoción Multitudinaria del Señor de los Milagros

Si la Plaza de Acho representa la herencia arquitectónica de la urbe, la fiesta del Señor de los Milagros es, sin duda, la manifestación más pura de su identidad espiritual. Cada mes de octubre, Lima abandona su tradicional cielo gris para teñirse por completo de un color: el morado nazareno. Considerada una de las procesiones católicas más grandes del planeta, esta festividad congrega a millones de fieles en un río humano que avanza a paso lento, devoto y perfumado por el humo denso del sahumerio. El origen de esta fe masiva se remonta a mediados del siglo XVII, en el humilde barrio de Pachacamilla. Hacia 1650, un esclavo originario de Angola —conocido popularmente en los relatos históricos como Pedro Dalcón o “Benito”— pintó sobre una rústica pared de adobe la imagen de un Cristo crucificado.

El milagro fundacional ocurrió la tarde del 13 de noviembre de 1655, cuando un violento terremoto de magnitud 7.8 sacudió Lima y el Callao, sepultando iglesias, palacios y miles de vidas. En medio de la destrucción absoluta, el débil muro de adobe con la pintura del “Cristo Moreno” quedó perfectamente intacto. Aquel suceso incomprensible encendió una llama de devoción indomable. Las réplicas de los sismos de 1687 y 1746 confirmaron el carácter protector de la imagen para los limeños, dando inicio formal a las procesiones.

Hoy en día, la réplica en lienzo de la pintura sale del Santuario de las Nazarenas montada sobre un anda de plata pura que pesa cerca de una tonelada, cargada a hombros por los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros, hombres que visten túnicas moradas como símbolo de penitencia.Durante los días centrales de la fiesta —especialmente el 18 y 28 de octubre— las calles del centro histórico se vuelven intransitables. El aire se llena con las voces de las cantoras tradicionales y los aromas de la gastronomía de la época, donde el “Turrón de Doña Pepa” y los anticuchos se convierten en el combustible de la jornada.

Los alcaldes coloniales y los presidentes de la república rinden honores oficiales desde los balcones gubernamentales, demostrando que esta festividad rompe cualquier barrera social, uniendo a la nación bajo un mismo manto de esperanza.

El Vínculo con Medellín

Una Invitación al Periodismo de Viajes

Para nuestra audiencia en el departamento de Antioquia, donde las tradiciones religiosas de Semana Santa y las ferias populares forman parte esencial de nuestra cultura, asomarse a la Lima de Acho y de las Nazarenas es encontrar un espejo cultural fascinante. Son relatos de supervivencia: un muro de barro que resiste a la furia de la tierra y un coso de piedra que se reinventa para proteger a los desamparados. Para el periodista de viajes y para el turista de Medellín, Perú no es solo gastronomía marina o ciudadelas incas en las alturas; es también la vibración de una calle limeña en octubre, el golpe de un clarín en el Rímac y el milagro cotidiano de un pueblo que no olvida sus raíces.

Redacción Turismo y Noticias

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